Sobre el caso “Boris”

Muy estimad@s pacient@s y lectores de Terapia Académica:

En las últimas semanas se ha desarrollado una interesante conversación-debate alrededor del caso originalmente denominado “Yo (también) quiero un trabajo como el de Boris Berenzon”, del cual hemos reproducido aquí algunos comunicados. El caso tiene su propio sitio (http://yoquierountrabajocomoeldeboris.blogspot.com/) y, como se puede apreciar ahí, los argumentos y contra-argumentos han crecido, dando ejemplo del tipo de discusión que DEBERÍA darse de manera regular en nuestras universidades, particularmente en la UNAM. Sin embargo, por momentos dicho debate ha subido de tono y aquí mismo he recibido “comentarios” que son más bien insultos (curiosamente llenos de faltas de ortografía y demás), que no aportan a la discusión y más bien enturbian los propósitos terapéuticos de este blog.

Debate de altura

Por lo anterior, recomiendo a los interesados visitar directamente el sitio  http://yoquierountrabajocomoeldeboris.blogspot.com/, donde encontrarán no sólo los posts principales, sino también los respectivos comentarios, pues es ese el espacio donde se da esa discusión. En Terapia Académica estamos convencidos que el caso Boris no es sino un botón de muestra de fenómenos más amplios y generalizados de corrupción, fraude académico, autoritarismo, nepotismo, amiguismo, y demás, que se dan en nuestras universidades, razón por la cual seguimos invitando cordialmente a quienes deseen dar a conocer algún testimonio o caso en el que hayan estado involucrados de primera mano, no duden en enviarlo a este blog para publicarlo y así continuar con nuestra misión, que pueden leer aquí en la barra lateral, o bien en la pestaña “Invitación” de este mismo blog.

Atte.,

Dr. TAI

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Yo quiero un trabajo como el de Boris

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Ausentismo docente

Contribución al cambio paradigmático en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

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Yo quiero un trabajo como el de Boris

Durante años he criticado de forma inmisericorde al ausentismo docente. Ahora sé, y lo reconozco sin vergüenza, que he sido profundamente injusta. La historia de la civilización humana ha sido la de la larga lucha por trabajar menos y comer más y mejor. Tecnologías fundamentales en nuestras vidas contemporáneas, como la licuadora, nos han permitido gozar de comodidades que nuestros ancestros ni siquiera hubieran soñado, y al mismo tiempo liberar cada vez más tiempo del trabajo para dedicarlo, por citar un ejemplo, a la televisión. Así, el profesor ausente no es un mediocre e irresponsable aviador que, amparado por una corrupta red de compañeros, cobra cínicamente un generoso salario a la universidad pública y se mofa con su actuar de colegas y estudiantes por igual. Nada de eso. El profesor ausentista nos da con su ausencia la mejor de las lecciones. Él es la vanguardia de nuestra especie, el individuo que ha conseguido llegar al último estadio del progreso social, el exponente máximo del nuevo paradigma: un mundo en el que el trabajo, que tontamente pensábamos era la base de la apropiación, haya sido erradicado de la sociedad humana.

Tomemos por caso a un prominente miembro de nuestra comunidad académica, el Doctor Boris Berenzon Gorn, profesor de tiempo completo de nuestra querida Facultad de Filosofía y Letras. En fechas recientes ha sido llamada la atención del Consejo Técnico sobre la cualidad que más netamente caracteriza la práctica docente del Dr. Berenzon: su ausencia. Y es aquí donde no podemos evitar hacer un reconocimiento al profesor, puesto que con él no hay medias tintas. No es uno de aquéllos que se ha apropiado del ausentismo de forma pragmática, presentándose ocasionalmente, manteniendo un perfil bajo. Hablamos aquí de un purista, de un hombre coherente que ha hecho del ausentismo una filosofía laboral y una bandera: hace años que el señor Boris pisa su salón de clases de forma absolutamente excepcional.

Decíamos, se presentó ante el Consejo Técnico una queja por esta incomprendida situación. No podía ser sino un grupo de retrógrados alumnos, empecinados en permanecer dentro de un paradigma caduco, el que osó exigir al máximo órgano de gobierno de la Facultad que interviniera para que el Dr. Berenzon impartiera las asignaturas de las que es profesor titular. Afortunadamente, el Consejo Técnico se comportó a la altura de la situación y, mediante un cuidadoso proceso que un observador ingenuo calificaría injustificadamente de corrupto, fue revirtiendo la situación hasta conseguir que ninguna sanción fuera aplicada. Yo aplaudo al Consejo Técnico, pues ha sabido proteger al más revolucionario fenómeno de nuestra comunidad utilizando para ello únicamente los recursos del paradigma anterior, por ejemplo, argumentos administrativos. Arguyendo que no existía una documentación probatoria de las inasistencias, sino únicamente el simple testimonio de generaciones de (retrógrados) alumnos, fue posible exonerar al Dr. Berenzon por “falta de pruebas”. Esto es posible, claro está, gracias a un procedimiento cuidadosamente planificado para adelantarse a estas situaciones, el que permite a un profesor que no asiste a su curso modificar la lista de asistencia donde se registró su ausencia. Para esto le hacen falta únicamente dos instrumentos: una goma, puesto que la marca “falta” se consiga a lápiz, y una pluma. Un espíritu genuinamente previsor diseñó el sistema de tal forma que los docentes puedan “corregir” su ausencia hasta meses después de que ésta fue consignada, y justificarla, de ser necesario, de forma retroactiva con tantos comprobantes médicos como se requiera.

"Ausentismo justificado"... por el Consejo Técnico!

Habiendo enterado al lector de esta encomiable situación, me permito ahora proponer a su consideración algunos proyectos que, estoy segura, acelerarán enormemente el progreso de nuestra institución y la pondrán a la vanguardia de nuestra especie.

1) Creación de plazas de tiempo incompleto: Es evidente que las plazas de tiempo completo y de medio tiempo no fomentan en lo más mínimo el desarrollo del proceso civilizatorio del que es escenario nuestra Facultad, puesto que la Legislación Universitaria, y específicamente el Estatuto del Personal Académico (códigos legales que obstruyen el progreso al pretender que la realidad se ajuste a sus conservadores principios) contemplan sanciones graves contra el ausentismo. El profesor que decida recorrer la senda de la evolución se encontrará permanentemente expuesto a un eventual castigo: no siempre habrá un Consejo Técnico tan sensible al progreso humano como el que hoy tenemos. Por esto, es necesario crear plazas de “tiempo incompleto”, que no obliguen al académico a absolutamente nada, pero le reconozcan antigüedad, prestaciones y la posibilidad de ingresar a programas de estímulos así como a asociaciones sindicales.

2) Desarrollo exponencial del sistema de adjuntías: Uno de los elementos claves en este revolucionario proceso social es la figura del profesor adjunto, que no sólo facilita sobremanera que el titular pueda jamás presentarse en su salón, sino que además le libera de toda la molesta carga administrativa que la docencia trae consigo. Considero que esta fortaleza de nuestro sistema académico debe ser potenciada al máximo: propongo que los estudiantes y trabajadores de la universidad también tengan adjuntos. Sería un importante paso hacia el futuro, pues la comunidad de la Facultad, entera, podría enviar a alguien más a trabajar por ellos a cambio de un salario mínimo. Eventualmente, por supuesto, los adjuntos podrían tener adjuntos, y establecer cadenas que permitan la disolución de la responsabilidad en una intrincada red cíclica.

3) Establecimiento del premio anual a la docencia “Boris Berenzon”: Un jurado compuesto por los más prominentes integrantes de esta revolución paradigmática, que podrían por supuesto enviar a sus adjuntos a las reuniones, seleccionaría anualmente al profesor que con su ausentismo haya sido más formativo para su alumnado y valioso para la comunidad en general. Se tomaría en cuenta la coherencia en la práctica docente, manifiesta en la asignación de generosas calificaciones aprobatorias a todos los estudiantes; pero también la entrega, puesto que caminar esta senda requiere de gran coraje, capacidad para soportar críticas constantes de los conservadores y el ánimo para intimidar a los estudiantes reacios al progreso. El premio consistiría en una fuerte cantidad de dinero y, por supuesto, en la publicación de un trabajo realizado por un adjunto bajo el nombre del ganador.

4) Apertura de la Cátedra Extraordinaria “Maestros del exilio docente”: Organizada por un cuantioso ejército de becarios y adjuntos, “Maestros del exilio docente” convocaría a los más destacados especialistas en ausentismo. Permitirá, en un ambiente óptimo garantizado por la asignación de generosos viáticos, intercambiar experiencias, generar vínculos solidarios y desarrollar estrategias conjuntas para la ampliación de esta nueva y prometedora ideología. Como es lógico, los participantes estarían exentos de presentarse a las sesiones, especialmente cuando sea su turno de exponer. Las excusas más creativas para ausentarse recibirán una mención destacada y anualmente se publicará una antología que las recopile todas.

La izquierda, durante años autoproclamada progresista, ha errado. La justicia social no se alcanzará al destruir los privilegios de los que hoy goza la elite. La verdadera justicia sólo será posible cuando estos magníficos privilegios sean patrimonio común. Espero que mis propuestas ayuden a ampliar el ausentismo y a reducir el estigma que sobre él injustamente pesa, peligroso subproducto de una mentalidad anclada en el pasado. Por mi parte, estoy satisfecha de concluir mis estudios universitarios teniendo, gracias al persistente ejemplo de estos verdaderos maestros, una certeza. No es poca cosa tomando en cuenta la crisis de las grandes ideologías políticas, la precariedad de la vida, el declive de las instituciones organizadoras de la modernidad y la experiencia posmoderna de la temporalidad cuya única seguridad es que en el futuro las cosas sólo pueden empeorar. Mi íntima certeza es la siguiente: yo quiero un trabajo como el de Boris.  

Beatriz Bautista Gómez

¿También tú quieres un trabajo como el de Boris? Deja tu solicitud en:

No debo inscribirme a…

No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Querido Dr. TAI:

El año está fresquecito de nuevo y yo he roto mi “record” con dos rechazos académicos. Por supuesto es un caso aislado nada más.

Escribí no sé a santo de qué ocurrencia al COMIE (¿alguien sabe qué es eso?) y me dijeron que yo no hago investigación educativa. Fue bueno saberlo porque durante 26 años he creído que sí. Luego envié mi CV para el “Premio Sor Juana” que da la UNAM (¿lo da la UNAM o quién?) a mujeres académicas con labores docentes, de investigación y difusión SOBRESALIENTES. Me quedó claro que no hago labores sobresalientes, ni tampoco soy sobresaliente. Soy de una levedad que tiende a lo insoportable. Nunca estaré en el SNI ni en los rankings de los académicos sobresalientes. Soy una profesora conj un patológico amor por su trabajo, con deseos de ser útil quién sabe por qué o para qué.

Pero bueno, lo importante es la moraleja de este cuento: No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Una vez le dije al Dr. TAI que no se perdía nada intentando, llenando formatos, haciendo CVs, adjuntando copias y demás, para entrar a las convocatorias “abiertas” y “transparentes” de la UNAM.

Estaba equivocada. Sí se pierde. Se pierden las ganas, el interés, la motivación, la seguridad personal, la sensación de calidez hacia el género humano…. sí se pierde, mil disculpas.

Fin del caso del oficio…

Firme aquí

Firme aquí

Hace años escuché de un notable abogado este dicho: “para las leyes se hicieron las muelles”. Lo que el jurista quería decir es que cuando las leyes no se ajustan a los intereses de quien tiene poder (económico, político, administrativo), hay otras leyes que podríamos llamar “menores” o de menor rango (usualmente códigos y reglamentos) que se pueden usar para “torcer” la ley a favor de quien tenga la capacidad de pagar por dicho servicio .

Un ejemplo típico de esto es el delito de homicidio. Para el ciudadano común, homicidio significa asesinato, es decir que alguien inflinge daño físico a otra persona, suficiente para matarlo (p. ej. acuchillarlo, envenenarlo, balacearlo, asfixiarlo, aplastarle la cabeza con un yunque, etc.). Cualquiera pensaría que si el asesino es cachado in fraganti (con las manos en la masa), el sistema de justicia no tendrá problema en aplicarle todo el peso de la ley.

Si usted, estimado lector-paciente de Terapia Académica, es de los que piensan que lo anterior es correcto, lamento informarle que está en un craso error. Porque la justicia (o sea el aparato jurídico-legal) no opera con la misma lógica y racionalidad que el común de la gente. Según los juristas, se puede acusar y condenar a alguien por homicidio si y sólo si se demuestra intencionalidad. Es decir, si un policía agarra al “homicida” en el momento en que deja caer un yunque sobre la cabeza de la víctima, incluso si le saca una foto en ese momento, eso no es prueba suficiente de que sea un homicida. La parte acusadora necesita demostrar que el que dejó caer el yunque tenía la intención de matar al hoy occiso. O sea, pudo haber soltado 50 kilos de acero sobre el cráneo del occiso, pero no con la intención de matarlo, sino con la intención de que se lo detuviera un ratito (“¿me detienes este yunque con tu oreja, por favor?”). Por supuesto, el destino del indiciado (el sospechoso) depende por entero de su poder adquisitivo. Si vive en Interlomas en un edificio inteligente y la policía encuentra a su hija muerta debajo del colchón, se le aplicará el principio anterior (“le dije ‘espérame ahí mientras tiendo la cama’, pero no tenía la intención de matarla”); pero si su nivel de ingresos le da apenas para medio vivir en una colonia proletaria, lo más probable es que el Ministerio Público le lea el pensamiento y tome como prueba contundente “sus intenciones homicidas nítidamente grabadas en la frente”).

Bueno, esta parábola es para explicar en forma didáctica una realidad que impera hoy día en las universidades mexicanas, particularmente en la UNAM: “para las leyes se hicieron las muelles”. En este caso,  si la persona que participó en un “concurso abierto de oposición” decide no recoger (firmar de recibido) el oficio que dicta su sentencia  (“se le informa que no ganó la plaza, porque ésta ya tenía nombre”), el procedimiento administrativo se detiene, y la plaza no puede ser asignada al “ganador”. Ahora bien, como no hay en la legislación universitaria ningún artículo que obligue a los participantes en un concurso a recoger y firmar de recibido un oficio que básicamente significa “estoy de acuerdo y acepto este robo cometido contra mi y contra los demás concursantes externos”, el personal del departamento jurídico recurre a las famosas “muelles”. En el caso que aquí refiero (ver post anterior. “¿Debo recoger el oficio?”) lo que hicieron fue literalmente acosarme (con llamadas telefónicas, visitando mi domicilio particular sin ningún aviso previo, enviando mensajes y amenazas veladas con profesores que son amigos míos pero nada tienen qué ver con mis trámites, y enviándome otra clase de “avisos”). Entonces, lo que ocurrió hace unos cuantos días fue que recibí un email donde se me informaba que tenía que ir a firmar el kardex, de lo contrario se me levantaría un acta por inasistencias (por supuesto no tengo inasistencias, pues trabajo en el sistema a distancia, el cual supone no asistir, pero aún así, voy de vez en cuando a firmar el dichoso kardex). Pues acudí a firmar el kardex, y al estar ahi en el pasillo, preguntando algo a un empleado, se aparece un señor con unos papeles en la mano, le pregunta al empleado por mi (dice mi nombre completo), yo contesto: “soy yo”, y el hombre se presenta: “soy la persona que fue a su casa, y tengo aquí un oficio que necesito que me firme de recibido”, y al decir esto me extiende una hoja (estábamos parados a medio pasillo, y yo estaba en otra cosa, con otra persona). “Supongo que sabe de qué se trata”, me dice, mientras tomo la hoja. “No”, contesto, “¿quién es usted y qué cargo tiene?”, le digo. “Soy el Lic. Fulano de Tal del área jurídica”, señala. Veo brevemente el documento y se lo devuelvo: “necesito ir a la dirección para ver esto”. En ese momento, como surgida del suelo, aparece una mujer a su lado, vestida muy formalmente y de rostro completamente inexpresivo, como un maniquí. Entonces el hombre alza la voz y dice: “bueno, yo ya cumplí con mi tarea de notificarle, y aquí hay testigos (la mujer y el empleado que estaba conmigo y que nada tenía qué ver) de que usted no quiso recibir: la Licenciada Fulana y el Señor Mengano, además de todos los que están aqui en este pasillo”. Dicho esto, el hombre tomó la hoja, las guardó en su folder y se retiró.

No hace falta tener un título de abogado para saber que el siguiente movimiento para consumar el fraude académico (me refiero al fraude que son estos “concursos abiertos de oposición”) es que “el Jurídico” levantará un acta, firmada por los “testigos” y en la que se haga constar que estoy enterado del contenido del oficio que no quise recoger. Entonces, esa acta pasará a completar el expediente necesario para asignar la plaza al concursante “ganador” (la persona a la que la comisión dictaminadora calificó con 10 en todos los rubros que se evalúan: docencia, formación, investigación, etc.).

En fin, un procedimiento que a juicio de varios profesores con quien lo he comentado,  puede describirse como una  trampa, un método calculado para obtener una muelle que le de la vuelta a las leyes… pero claro, como dicen los abogados: “todo con estricto apego a la legalidad”.

¿Debo recoger el oficio?

Como es del dominio público, en la UNAM es costumbre publicar en la Gaceta convocatorias a “concursos abiertos de oposición” para plazas que “ya tienen nombre”. Entonces, quienes participamos en esos concursos como externos (sin ser “de adentro”) normalmente perdemos el concurso, pero el trámite incluye ir a recoger un oficio donde dice que no ganaste el concurso. En esta ocasión, la comisión dictaminadora calificó (casualmente) con 10 en todo a las personas que sí ganaron el concurso (obviamente quienes ya trabajan ahi y para quienes se abrió el “concurso”), pero para terminar de darles la plaza necesitan cubrir la formalidad de que los otros concursantes, como yo, vayan y recojan el oficio donde dice que no ganaron. El dilema es este: si recojo el oficio (y firmo de recibido), AVALO (acepto, legitimo) un “concurso” que en realidad es un fraude, una auténtica estafa que se comete desde hace años en la UNAM, pero que todo mundo ahí considera como “normal” (“así es; siempre es así”); pero si no lo recojo (llevo como 6 meses sin recojerlo) recibo la presión y la amenaza de las autoridades de que aunque sea un “excelente profesor” me vetarán y me quitarán hasta la asignatura que tengo (por la que recibo un sueldazo de $600 a la qna). Así se las gastan. ¿Debo recoger el oficio o no?

NOTA: La culpa del dilema la tiene Benedetti: “Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”

Caso: ¿Qué tiene de malo ser profesora?

¿Das clases? ¿Y en qué trabajas?


Hola a todos los pacientes de TAI. Más que terapia académica, necesito tratamiento psiquiátrico, pero este es un buen inicio sin duda para aliviar mi espíritu.

Tengo veintisiete años y creo que mi trastorno comenzó hace unos seis años, cuando egresé de la licenciatura en Actuaría. Al poco tiempo comencé a impartir clases en la misma institución de la que egresé y me interesé seriamente en desarrollarme profesionalmente en el ámbito de la docencia. Cuando este interés se volvió una decisión y se la comuniqué a mis padres, pusieron el grito en el cielo: “tantos años de preparación para acabar de maestro”, “¿por qué elegir eso cuando a un Actuario le va muy bien?”… En fin, luego de hacer un poco de labor, mi madre adquirió otra perspectiva y ahora se muestra menos angustiada aunque mi padre, luego de cinco años de ser profesora, le insiste en que dar clases no es un trabajo. Y digo “le insiste” porque hace unos tres años que mis padres se separaron y mi relación ya de por sí distante con él, prácticamente se perdió (pero esa historia es para un blog de terapia familiar y no de terapia académica).

Luego, ingresé al proceso de selección de la Maestría en Educación Media Superior con especialización en Matemáticas. Los profesores que me entrevistaron para ingresar a dicho posgrado fueron claros: estaba “muy jovencita” y debería aspirar a algo más ambicioso que dedicarme a la docencia; eso era para personas que no tenían mayor futuro.

Estas dos fueron las primeras señales de mi elección no resultaría un camino fácil.

Poco después, desarrollé las pruebas necesarias para ingresar al posgrado en Ciencia e Ingeniería de la Computación y al resultar aceptada me decidí a tomar esta oportunidad. A la par, continué impartiendo clases y tomando cursos de actualización para profesores en una prestigiada universidad del país.

Hace año y medio terminé mi maestría y me animé a participar por primera vez en un concurso de oposición abierto. Para mi sorpresa, todos los profesores participantes con los que tuve oportunidad de platicar me comentaron abiertamente que sabían para quién estaba “dedicada” la plaza.

-¿Dedicada?, ¿pues qué no era abierto? … Y, entonces, ¿por qué estamos concursando?, ¿esas cosas pasan en esta universidad?

Luego de exponer quizá mi inocencia, he seguido por este camino.

A lo largo de estos años, han sido innumerables los comentarios de propios y extraños (¡incluso de profesores!): “tienes más futuro allá afuera que aquí”, “ser profesor al principio está bien, pero luego te estancas y haces lo mismo todos los años”, “yo llevo veintitantos años aquí y no paso de ser un profesor de asignatura (pero tampoco he concursado por una plaza)”, “¿de veras te gusta dar clases?… ¡guácala!”, “esa plaza tiene nombre y apellido”, “dar clases no es un trabajo, eso hasta yo lo hago”, “te vas a morir de hambre”, “¿das clases?… ¿pero además en qué trabajas?”, son algunos de los que me acuerdo.

Afortunadamente, tengo el consuelo de conocer a profesores maravillosos que me han dado su ejemplo de dedicación, honestidad e interés auténtico por la formación de futuras generaciones. Son estos maestros los que me inspiran a seguir adelante cada vez que pierdo el buen ánimo o que encaro el desconsuelo; son a ellos a quienes deseo seguir los pasos.

La labor docente es sin duda una de las más nobles desde la perspectiva de su impacto social y más aún en un país como el nuestro. ¿Por qué la figura del profesor está tan estigmatizada? ¿Acaso la palabra educación es tan desdeñada porque lo primero que se nos viene a la cabeza cada vez que la escuchamos es Elba Esther o la APO? Quizá las preguntas correctas sean: ¿nos hemos dedicado a dignificar la figura del profesor y la de nuestras intituciones? ¿estamos los docentes conscientes de la responsabilidad que tenemos en nuestras manos?

Concluyo pues que el camino para el desarrollo profesional como docente es como el amor: si las cosas salen mal, no es una razón para dejarlo de lado sino una oportunidad de seguirlo intentando. Quiero creer que es así; no se puede sobrevivir pensando de otro modo.

Quizá mi consulta psiquiátrica ahora pueda esperar. Gracias Dr. TAI.

“La actuaria amorosa”

Caso “Exagerada”

Hola:

Aunque el seudónimo de este correo, es “exagerada”, y aunque yo suela serlo un poquito, no es por una característica personal que mi correo tiene este nombre sino porque el libro que analizo desde hace algunos años para escribir mi tesis de maestría se llama La vida exagerada de Martín Romaña.

Podría empezar la terapia por ahí, no he escrito la tesis y tengo un titipuchal de ideas después de leerla y volver a hacerlo y además la relaciono con muchas cosas como el poder de la escritura para entender algo de lo que le pasa a uno, o con lo que se llamó recuperación de la experiencia desde el área de la sociología, o entre otras cosas como los fluidos no newtonianos o la cinta de moebius. Pero cada vez que me pongo a desarrollar el tema, una especie de inquisidor introyectado me dice, eso no es análisis y menos literario, eso no sirve, ya te dijeron en la escuela que mejor estudies a Rulfo o en todo caso a Fuentes y que no, un análisis de ese tipo no es nada que nos garantice que te van a aprobar la tesis.

Además sólo tuve contacto e interacción con el asesor para que me firmara los avances por motivos de la beca, jamás discutió conmigo el proyecto ni tampoco me ofreció o pidió expectativas de nuestra relación asesor-maestrante y mucho menos ofreció comentarios a los documentos que le envié y es muy probable que ni siquiera los haya leído. Además me lo asignaron porque fue presidente de los sinodales  en mi examen de licenciatura, invitada por una maestra participé en un seminario que él coordinaba y acepté su propuesta de ser mi sinodal. De su análisis a  esa tesis pude darme cuenta de varias cosas: la leyó una noche antes del examen, subrayó cosas que le parecieron incorrecciones gramaticales y preguntó por ellas en el examen: ¿Por qué usó “;” y no “,”? ¿Qué quiere decir con la palabra “devenir”? y ya, san se acabó.

Lo bueno es que uno de los sinodales, el más joven, quien fue el único que leyó a conciencia mi escrito y que estuvo en contacto conmigo para ofrecerme sus sugerencias y comentarios y que además preparó unas preguntas muy atinadas con la idea de que expusiera los puntos más importantes de mi tesis, fue el primero en examinarme, si no hubiera terminado dando cátedra de puntuación y significados verbales. En fin con esa experiencia y con las negativas del asesor de maestría para darme eso, una asesoría: decidí irme por la libre y escribir a mis anchas una tesis que espero algún día poder meter al escrutinio de un cuerpo de inquisidores que quién sabe qué tan abiertos estén a recibir.

Escribo a terapia académica para que quede claro lo aislada que queda una, una vez que deja las clases y hace vida. Porque durante el primer semestre de la maestría me enamoré y me arrejunté con mi esposo y tuvimos un pequeño que ahora tiene 4 años y después una pequeña que está a punto de cumplir un año. Desde que dejé la maestría entré a trabajar y entre una cosa y otra, una compañera de la maestría y yo nos reunimos periódicamente para contarnos de nuestras respectivas tesis y echarnos porras, afortunadamente ella, además de nuestras reuniones tuvo una asesora que tenía el orden suficiente para acompañarla y pedirle cuentas de la tesis.

El tiempo no me da lo suficiente para escribir la tesis, trabajar y continuar con un trabajo poético que el año pasado me dio la posibilidad de tener una beca para escribir un poema-libro que estoy a punto de terminar.  Así que les escribo para darme ánimos a mí misma y de una vez por todas escribir esa tesis que si no aprueban los consejos de letras se convertirá en un testimonio de que uno analiza libros para comprender un poco más qué carajos tienen que ver esas cosas que uno lee con la vida y la historia, y sobre todo para comprenderse a uno mismo mirándose en la paja del ojo ajeno.

Un abrazo. He leído algunos de sus artículos y sus propuestas y por fin he comprendido por qué a pesar de haber sido becaria en la primaria, secundaria y el cch, cuando entré  a estudiar letras me sentí la más imbécil del mundo por no saber hilar la menor idea y recibir trabajos que parecían jóvenes con viruelas de los manchones que claramente me hacían sentir que de escribir, lo que se dice escribir, yo no sabía ni jota: una reverenda imbécil. Con los madrazos y con dejar de entrar a algunas clases y leer cosas fuera de programa logré más o menos resolver esa bronca; para darme cuenta, más adelante como correctora y docente, mientras revisaba textos  de compañeros de arquitectura y de diseño y de algunos otros de la mismísima facultad de filosofía y letras, me di cuenta de que en efecto, a todos nosotros nos habían timado. Nos robaron 9 años de nuestras vidas con la idea de que iban a enseñarnos a leer y escribir y eso, gracias a sus métodos, nunca sucedió. Si aprendimos, fue más bien gracias a otros, cometas Halley que pasaron por ahí y algo nos dejaron, es decir, parece un accidente que algunos hayamos aprendido a escribir, porque la escuela como institución no hizo nada y no fue con dolo, eso casi puedo asegurarlo;  quien sí actúa con dolo es el Estado, que se encuentra detrás de ese sistema deseducativo, pero eso lo dejaremos para otra sesión.

Mil gracias,

Exagerada