Caso: ¿Qué tiene de malo ser profesora?

¿Das clases? ¿Y en qué trabajas?


Hola a todos los pacientes de TAI. Más que terapia académica, necesito tratamiento psiquiátrico, pero este es un buen inicio sin duda para aliviar mi espíritu.

Tengo veintisiete años y creo que mi trastorno comenzó hace unos seis años, cuando egresé de la licenciatura en Actuaría. Al poco tiempo comencé a impartir clases en la misma institución de la que egresé y me interesé seriamente en desarrollarme profesionalmente en el ámbito de la docencia. Cuando este interés se volvió una decisión y se la comuniqué a mis padres, pusieron el grito en el cielo: “tantos años de preparación para acabar de maestro”, “¿por qué elegir eso cuando a un Actuario le va muy bien?”… En fin, luego de hacer un poco de labor, mi madre adquirió otra perspectiva y ahora se muestra menos angustiada aunque mi padre, luego de cinco años de ser profesora, le insiste en que dar clases no es un trabajo. Y digo “le insiste” porque hace unos tres años que mis padres se separaron y mi relación ya de por sí distante con él, prácticamente se perdió (pero esa historia es para un blog de terapia familiar y no de terapia académica).

Luego, ingresé al proceso de selección de la Maestría en Educación Media Superior con especialización en Matemáticas. Los profesores que me entrevistaron para ingresar a dicho posgrado fueron claros: estaba “muy jovencita” y debería aspirar a algo más ambicioso que dedicarme a la docencia; eso era para personas que no tenían mayor futuro.

Estas dos fueron las primeras señales de mi elección no resultaría un camino fácil.

Poco después, desarrollé las pruebas necesarias para ingresar al posgrado en Ciencia e Ingeniería de la Computación y al resultar aceptada me decidí a tomar esta oportunidad. A la par, continué impartiendo clases y tomando cursos de actualización para profesores en una prestigiada universidad del país.

Hace año y medio terminé mi maestría y me animé a participar por primera vez en un concurso de oposición abierto. Para mi sorpresa, todos los profesores participantes con los que tuve oportunidad de platicar me comentaron abiertamente que sabían para quién estaba “dedicada” la plaza.

-¿Dedicada?, ¿pues qué no era abierto? … Y, entonces, ¿por qué estamos concursando?, ¿esas cosas pasan en esta universidad?

Luego de exponer quizá mi inocencia, he seguido por este camino.

A lo largo de estos años, han sido innumerables los comentarios de propios y extraños (¡incluso de profesores!): “tienes más futuro allá afuera que aquí”, “ser profesor al principio está bien, pero luego te estancas y haces lo mismo todos los años”, “yo llevo veintitantos años aquí y no paso de ser un profesor de asignatura (pero tampoco he concursado por una plaza)”, “¿de veras te gusta dar clases?… ¡guácala!”, “esa plaza tiene nombre y apellido”, “dar clases no es un trabajo, eso hasta yo lo hago”, “te vas a morir de hambre”, “¿das clases?… ¿pero además en qué trabajas?”, son algunos de los que me acuerdo.

Afortunadamente, tengo el consuelo de conocer a profesores maravillosos que me han dado su ejemplo de dedicación, honestidad e interés auténtico por la formación de futuras generaciones. Son estos maestros los que me inspiran a seguir adelante cada vez que pierdo el buen ánimo o que encaro el desconsuelo; son a ellos a quienes deseo seguir los pasos.

La labor docente es sin duda una de las más nobles desde la perspectiva de su impacto social y más aún en un país como el nuestro. ¿Por qué la figura del profesor está tan estigmatizada? ¿Acaso la palabra educación es tan desdeñada porque lo primero que se nos viene a la cabeza cada vez que la escuchamos es Elba Esther o la APO? Quizá las preguntas correctas sean: ¿nos hemos dedicado a dignificar la figura del profesor y la de nuestras intituciones? ¿estamos los docentes conscientes de la responsabilidad que tenemos en nuestras manos?

Concluyo pues que el camino para el desarrollo profesional como docente es como el amor: si las cosas salen mal, no es una razón para dejarlo de lado sino una oportunidad de seguirlo intentando. Quiero creer que es así; no se puede sobrevivir pensando de otro modo.

Quizá mi consulta psiquiátrica ahora pueda esperar. Gracias Dr. TAI.

“La actuaria amorosa”

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