No debo inscribirme a…

No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Querido Dr. TAI:

El año está fresquecito de nuevo y yo he roto mi “record” con dos rechazos académicos. Por supuesto es un caso aislado nada más.

Escribí no sé a santo de qué ocurrencia al COMIE (¿alguien sabe qué es eso?) y me dijeron que yo no hago investigación educativa. Fue bueno saberlo porque durante 26 años he creído que sí. Luego envié mi CV para el “Premio Sor Juana” que da la UNAM (¿lo da la UNAM o quién?) a mujeres académicas con labores docentes, de investigación y difusión SOBRESALIENTES. Me quedó claro que no hago labores sobresalientes, ni tampoco soy sobresaliente. Soy de una levedad que tiende a lo insoportable. Nunca estaré en el SNI ni en los rankings de los académicos sobresalientes. Soy una profesora conj un patológico amor por su trabajo, con deseos de ser útil quién sabe por qué o para qué.

Pero bueno, lo importante es la moraleja de este cuento: No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Una vez le dije al Dr. TAI que no se perdía nada intentando, llenando formatos, haciendo CVs, adjuntando copias y demás, para entrar a las convocatorias “abiertas” y “transparentes” de la UNAM.

Estaba equivocada. Sí se pierde. Se pierden las ganas, el interés, la motivación, la seguridad personal, la sensación de calidez hacia el género humano…. sí se pierde, mil disculpas.

Fin del caso del oficio…

Firme aquí

Firme aquí

Hace años escuché de un notable abogado este dicho: “para las leyes se hicieron las muelles”. Lo que el jurista quería decir es que cuando las leyes no se ajustan a los intereses de quien tiene poder (económico, político, administrativo), hay otras leyes que podríamos llamar “menores” o de menor rango (usualmente códigos y reglamentos) que se pueden usar para “torcer” la ley a favor de quien tenga la capacidad de pagar por dicho servicio .

Un ejemplo típico de esto es el delito de homicidio. Para el ciudadano común, homicidio significa asesinato, es decir que alguien inflinge daño físico a otra persona, suficiente para matarlo (p. ej. acuchillarlo, envenenarlo, balacearlo, asfixiarlo, aplastarle la cabeza con un yunque, etc.). Cualquiera pensaría que si el asesino es cachado in fraganti (con las manos en la masa), el sistema de justicia no tendrá problema en aplicarle todo el peso de la ley.

Si usted, estimado lector-paciente de Terapia Académica, es de los que piensan que lo anterior es correcto, lamento informarle que está en un craso error. Porque la justicia (o sea el aparato jurídico-legal) no opera con la misma lógica y racionalidad que el común de la gente. Según los juristas, se puede acusar y condenar a alguien por homicidio si y sólo si se demuestra intencionalidad. Es decir, si un policía agarra al “homicida” en el momento en que deja caer un yunque sobre la cabeza de la víctima, incluso si le saca una foto en ese momento, eso no es prueba suficiente de que sea un homicida. La parte acusadora necesita demostrar que el que dejó caer el yunque tenía la intención de matar al hoy occiso. O sea, pudo haber soltado 50 kilos de acero sobre el cráneo del occiso, pero no con la intención de matarlo, sino con la intención de que se lo detuviera un ratito (“¿me detienes este yunque con tu oreja, por favor?”). Por supuesto, el destino del indiciado (el sospechoso) depende por entero de su poder adquisitivo. Si vive en Interlomas en un edificio inteligente y la policía encuentra a su hija muerta debajo del colchón, se le aplicará el principio anterior (“le dije ‘espérame ahí mientras tiendo la cama’, pero no tenía la intención de matarla”); pero si su nivel de ingresos le da apenas para medio vivir en una colonia proletaria, lo más probable es que el Ministerio Público le lea el pensamiento y tome como prueba contundente “sus intenciones homicidas nítidamente grabadas en la frente”).

Bueno, esta parábola es para explicar en forma didáctica una realidad que impera hoy día en las universidades mexicanas, particularmente en la UNAM: “para las leyes se hicieron las muelles”. En este caso,  si la persona que participó en un “concurso abierto de oposición” decide no recoger (firmar de recibido) el oficio que dicta su sentencia  (“se le informa que no ganó la plaza, porque ésta ya tenía nombre”), el procedimiento administrativo se detiene, y la plaza no puede ser asignada al “ganador”. Ahora bien, como no hay en la legislación universitaria ningún artículo que obligue a los participantes en un concurso a recoger y firmar de recibido un oficio que básicamente significa “estoy de acuerdo y acepto este robo cometido contra mi y contra los demás concursantes externos”, el personal del departamento jurídico recurre a las famosas “muelles”. En el caso que aquí refiero (ver post anterior. “¿Debo recoger el oficio?”) lo que hicieron fue literalmente acosarme (con llamadas telefónicas, visitando mi domicilio particular sin ningún aviso previo, enviando mensajes y amenazas veladas con profesores que son amigos míos pero nada tienen qué ver con mis trámites, y enviándome otra clase de “avisos”). Entonces, lo que ocurrió hace unos cuantos días fue que recibí un email donde se me informaba que tenía que ir a firmar el kardex, de lo contrario se me levantaría un acta por inasistencias (por supuesto no tengo inasistencias, pues trabajo en el sistema a distancia, el cual supone no asistir, pero aún así, voy de vez en cuando a firmar el dichoso kardex). Pues acudí a firmar el kardex, y al estar ahi en el pasillo, preguntando algo a un empleado, se aparece un señor con unos papeles en la mano, le pregunta al empleado por mi (dice mi nombre completo), yo contesto: “soy yo”, y el hombre se presenta: “soy la persona que fue a su casa, y tengo aquí un oficio que necesito que me firme de recibido”, y al decir esto me extiende una hoja (estábamos parados a medio pasillo, y yo estaba en otra cosa, con otra persona). “Supongo que sabe de qué se trata”, me dice, mientras tomo la hoja. “No”, contesto, “¿quién es usted y qué cargo tiene?”, le digo. “Soy el Lic. Fulano de Tal del área jurídica”, señala. Veo brevemente el documento y se lo devuelvo: “necesito ir a la dirección para ver esto”. En ese momento, como surgida del suelo, aparece una mujer a su lado, vestida muy formalmente y de rostro completamente inexpresivo, como un maniquí. Entonces el hombre alza la voz y dice: “bueno, yo ya cumplí con mi tarea de notificarle, y aquí hay testigos (la mujer y el empleado que estaba conmigo y que nada tenía qué ver) de que usted no quiso recibir: la Licenciada Fulana y el Señor Mengano, además de todos los que están aqui en este pasillo”. Dicho esto, el hombre tomó la hoja, las guardó en su folder y se retiró.

No hace falta tener un título de abogado para saber que el siguiente movimiento para consumar el fraude académico (me refiero al fraude que son estos “concursos abiertos de oposición”) es que “el Jurídico” levantará un acta, firmada por los “testigos” y en la que se haga constar que estoy enterado del contenido del oficio que no quise recoger. Entonces, esa acta pasará a completar el expediente necesario para asignar la plaza al concursante “ganador” (la persona a la que la comisión dictaminadora calificó con 10 en todos los rubros que se evalúan: docencia, formación, investigación, etc.).

En fin, un procedimiento que a juicio de varios profesores con quien lo he comentado,  puede describirse como una  trampa, un método calculado para obtener una muelle que le de la vuelta a las leyes… pero claro, como dicen los abogados: “todo con estricto apego a la legalidad”.

¿Debo recoger el oficio?

Como es del dominio público, en la UNAM es costumbre publicar en la Gaceta convocatorias a “concursos abiertos de oposición” para plazas que “ya tienen nombre”. Entonces, quienes participamos en esos concursos como externos (sin ser “de adentro”) normalmente perdemos el concurso, pero el trámite incluye ir a recoger un oficio donde dice que no ganaste el concurso. En esta ocasión, la comisión dictaminadora calificó (casualmente) con 10 en todo a las personas que sí ganaron el concurso (obviamente quienes ya trabajan ahi y para quienes se abrió el “concurso”), pero para terminar de darles la plaza necesitan cubrir la formalidad de que los otros concursantes, como yo, vayan y recojan el oficio donde dice que no ganaron. El dilema es este: si recojo el oficio (y firmo de recibido), AVALO (acepto, legitimo) un “concurso” que en realidad es un fraude, una auténtica estafa que se comete desde hace años en la UNAM, pero que todo mundo ahí considera como “normal” (“así es; siempre es así”); pero si no lo recojo (llevo como 6 meses sin recojerlo) recibo la presión y la amenaza de las autoridades de que aunque sea un “excelente profesor” me vetarán y me quitarán hasta la asignatura que tengo (por la que recibo un sueldazo de $600 a la qna). Así se las gastan. ¿Debo recoger el oficio o no?

NOTA: La culpa del dilema la tiene Benedetti: “Uno no siempre hace lo que quiere, pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”

Caso: ¿Qué tiene de malo ser profesora?

¿Das clases? ¿Y en qué trabajas?


Hola a todos los pacientes de TAI. Más que terapia académica, necesito tratamiento psiquiátrico, pero este es un buen inicio sin duda para aliviar mi espíritu.

Tengo veintisiete años y creo que mi trastorno comenzó hace unos seis años, cuando egresé de la licenciatura en Actuaría. Al poco tiempo comencé a impartir clases en la misma institución de la que egresé y me interesé seriamente en desarrollarme profesionalmente en el ámbito de la docencia. Cuando este interés se volvió una decisión y se la comuniqué a mis padres, pusieron el grito en el cielo: “tantos años de preparación para acabar de maestro”, “¿por qué elegir eso cuando a un Actuario le va muy bien?”… En fin, luego de hacer un poco de labor, mi madre adquirió otra perspectiva y ahora se muestra menos angustiada aunque mi padre, luego de cinco años de ser profesora, le insiste en que dar clases no es un trabajo. Y digo “le insiste” porque hace unos tres años que mis padres se separaron y mi relación ya de por sí distante con él, prácticamente se perdió (pero esa historia es para un blog de terapia familiar y no de terapia académica).

Luego, ingresé al proceso de selección de la Maestría en Educación Media Superior con especialización en Matemáticas. Los profesores que me entrevistaron para ingresar a dicho posgrado fueron claros: estaba “muy jovencita” y debería aspirar a algo más ambicioso que dedicarme a la docencia; eso era para personas que no tenían mayor futuro.

Estas dos fueron las primeras señales de mi elección no resultaría un camino fácil.

Poco después, desarrollé las pruebas necesarias para ingresar al posgrado en Ciencia e Ingeniería de la Computación y al resultar aceptada me decidí a tomar esta oportunidad. A la par, continué impartiendo clases y tomando cursos de actualización para profesores en una prestigiada universidad del país.

Hace año y medio terminé mi maestría y me animé a participar por primera vez en un concurso de oposición abierto. Para mi sorpresa, todos los profesores participantes con los que tuve oportunidad de platicar me comentaron abiertamente que sabían para quién estaba “dedicada” la plaza.

-¿Dedicada?, ¿pues qué no era abierto? … Y, entonces, ¿por qué estamos concursando?, ¿esas cosas pasan en esta universidad?

Luego de exponer quizá mi inocencia, he seguido por este camino.

A lo largo de estos años, han sido innumerables los comentarios de propios y extraños (¡incluso de profesores!): “tienes más futuro allá afuera que aquí”, “ser profesor al principio está bien, pero luego te estancas y haces lo mismo todos los años”, “yo llevo veintitantos años aquí y no paso de ser un profesor de asignatura (pero tampoco he concursado por una plaza)”, “¿de veras te gusta dar clases?… ¡guácala!”, “esa plaza tiene nombre y apellido”, “dar clases no es un trabajo, eso hasta yo lo hago”, “te vas a morir de hambre”, “¿das clases?… ¿pero además en qué trabajas?”, son algunos de los que me acuerdo.

Afortunadamente, tengo el consuelo de conocer a profesores maravillosos que me han dado su ejemplo de dedicación, honestidad e interés auténtico por la formación de futuras generaciones. Son estos maestros los que me inspiran a seguir adelante cada vez que pierdo el buen ánimo o que encaro el desconsuelo; son a ellos a quienes deseo seguir los pasos.

La labor docente es sin duda una de las más nobles desde la perspectiva de su impacto social y más aún en un país como el nuestro. ¿Por qué la figura del profesor está tan estigmatizada? ¿Acaso la palabra educación es tan desdeñada porque lo primero que se nos viene a la cabeza cada vez que la escuchamos es Elba Esther o la APO? Quizá las preguntas correctas sean: ¿nos hemos dedicado a dignificar la figura del profesor y la de nuestras intituciones? ¿estamos los docentes conscientes de la responsabilidad que tenemos en nuestras manos?

Concluyo pues que el camino para el desarrollo profesional como docente es como el amor: si las cosas salen mal, no es una razón para dejarlo de lado sino una oportunidad de seguirlo intentando. Quiero creer que es así; no se puede sobrevivir pensando de otro modo.

Quizá mi consulta psiquiátrica ahora pueda esperar. Gracias Dr. TAI.

“La actuaria amorosa”

Caso Kenia: La academia mexicana es un espejo de la sociedad

Kenia Z: Profesora de lenguas en diversas universidades públicas y privadas de México

Mi modesta impresión del espacio democrático en la academia mexicana es que parece un espejo de la sociedad en general, entonces también padece de las mismas dificultades, o sea “no es nada grave”:). Es decir, hay universidades que son mayoritariamente del PRI y parecen tener algunas características del partido y su forma de distribuir recursos. Otras reciben sus órdenes directamente del Vaticano; otras se convirtieron en empresas con una producción industrial de material académico. En general el espacio académico mexicano se divide entre las privadas y las públicas. Se puede decir que entre dos clases socio-económicas, por lo menos en relación a los estudiantes. Entonces, esa división entre las clases en sí no me parece democrática porque el acceso a la educación debe ser abierto a todos. Porque el conocimiento es la base fundamental de la elección democrática, ¿no?

También creo que no hay transparencia en el acceso al trabajo académico. Es decir, no se da de una forma democrática. De hecho todo lo que es nepotismo, clientelismo y corrupción es por definición anti-democrático. Mi propia experiencia es que uno no consigue un puesto por mérito académico sino porque por alguna razón le “convienes” al “jefe”. La terminología ya revela la jerarquía vertical: los súbditos deben mantener y proteger al jefe y no ser mejor que él o tener ideas innovadoras que no sean las de él. Vamos, esas son mis experiencias en la provincia mexicana, y mi situación marginalizada puede ser muy diferente a la situación de la capital.