No debo inscribirme a…

No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Querido Dr. TAI:

El año está fresquecito de nuevo y yo he roto mi “record” con dos rechazos académicos. Por supuesto es un caso aislado nada más.

Escribí no sé a santo de qué ocurrencia al COMIE (¿alguien sabe qué es eso?) y me dijeron que yo no hago investigación educativa. Fue bueno saberlo porque durante 26 años he creído que sí. Luego envié mi CV para el “Premio Sor Juana” que da la UNAM (¿lo da la UNAM o quién?) a mujeres académicas con labores docentes, de investigación y difusión SOBRESALIENTES. Me quedó claro que no hago labores sobresalientes, ni tampoco soy sobresaliente. Soy de una levedad que tiende a lo insoportable. Nunca estaré en el SNI ni en los rankings de los académicos sobresalientes. Soy una profesora conj un patológico amor por su trabajo, con deseos de ser útil quién sabe por qué o para qué.

Pero bueno, lo importante es la moraleja de este cuento: No debo inscribirme a convocatorias ni premios.

Una vez le dije al Dr. TAI que no se perdía nada intentando, llenando formatos, haciendo CVs, adjuntando copias y demás, para entrar a las convocatorias “abiertas” y “transparentes” de la UNAM.

Estaba equivocada. Sí se pierde. Se pierden las ganas, el interés, la motivación, la seguridad personal, la sensación de calidez hacia el género humano…. sí se pierde, mil disculpas.

¿Qué tanto es “tantito”?

Indefensión Aprendida

Los últimos meses he escuchado más y más casos de estudiantes y profesores en las universidades mexicanas que han sido testigos y/o víctimas de diversas formas de exclusión, violencia y/o fraude académicos en sus procesos de ingreso o promoción, ya sea como estudiantes o como personal académico. Lo que más sorprende de estos comentarios es la actitud de resignación que muchos asumen (“no era para mi, ni modo”; “si algo no es para ti, pues no será”), o de justificación (“las comisiones dictaminadoras son fundamentalmente honestas, aunque a veces les dan una ayudadita a los candidatos internos… pero nomás tantito”), o de negación (“fui un/a excelente maestra/o el semestre pasado, pero aún así me quitaron las horas; no es para tanto, ¿o si?”). Sin embargo, entre este cúmulo de declaraciones hay una que ha sido hecha por profesores honestos e inteligentes, y cuyo contenido no deja de sorprenderme:

“De cualquier forma vale la pena participar en los concursos de oposición de la UNAM, pues aunque la plaza ya tenga nombre y las comisiones dictaminadoras estén planchadas, a veces pasan cosas. Por ejemplo, a medio concurso se puede morir el candidato interno, o el día de la prueba didáctica se puede enfermar y no va. En esos casos ganas la plaza por default. Sí, a veces pasan cosas…”

Sin duda se podría hacer un interesantísimo análisis de este tipo de discursos, pero como terapeuta clínico, no tengo duda que ese tipo de declaraciones reflejan con toda nitidez el fenómeno psicológico de la indefensión aprendida, sobre el cual dedicaré un post en especial. Por ahora baste recordar que se trata de una condición psicológica en la que un ser humano o animal aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil. Como resultado, el animal o persona permanece pasivo frente a una situación displacentera o dañina, incluso cuando dispone de la posibilidad real de cambiar estas circunstancias. La indefensión aprendida es, entonces, un severo cuadro de desesperanza y resignación que, como bien lo explicó el psicólogo Martin Seligman, implica una conexión inextricable entre indefensión y depresión: la gente se deprime cuando piensa que no tiene ningún control sobre las cosas buenas o malas de su vida (castigos y/o recompensas). Pero hay una diferencia crucial entre una simple depresión y la indefensión aprendida: ésta última es generalmente provocada por la acción externa de agentes opresivos, sin embargo los pacientes que la sufren tienen la certeza de que ellos son los responsables de su estado de indefensión (“tal vez no estudié lo suficiente”; “no se puede negar el mérito que tenía el candidato interno”; “lo que no es para ti, no es para ti… Dios dirá”, “no quedaste por tu mala suerte; pero sigue intentando, la próxima vez chance y se muere el candidato oficial y te dan la plaza”, etc., etc.). Un ejemplo claro de este tipo de estado, es la afirmación hecha por una de las personas que han sido ofendidas y heridas tras participar en un “concurso abierto de oposición” donde la plaza en juego ya tenía nombre:

“El sistema en este tipo de concursos favorece al que ya ha ejercido la plaza; pero la frustración que cualquiera, como en mi caso, pudiese sentir nos hace minimizar el esfuerzo y mérito que el ganador de la plaza tuvo”

La cuestión no es si los candidatos “ganadores” en un concurso tienen o no mérito, sino si es aceptable un concurso amañado y tramposo, aún cuando se presenta al público como “abierto” y “equitativo”.  Sin embargo, la finalidad de este espacio, como el de cualquier terapia, no es juzgar al paciente, sino ayudarlo a entender y manejar sus estados de frustración, ansiedad o depresión. Por eso, haríamos muy mal en aconsejar a quienes han (hemos) vivido este tipo de experiencias, que lo mejor que pueden hacer es… NADA. Y es que, precisamente, la sintomatología clínica proviene de la inacción, de la idea paralizante de “NO SE PUEDE HACER NADA”. Ni como científico social ni como terapeuta creo en la in-acción. La sumisión y el inmovilismo sólo fortalecen y engrandecen a los pequeños (usualmente quienes recurren al fraude, al maltrato, o al autoritarismo para lograr sus fines), mientras que empequeñecen aún más a quienes lo único que buscan es una oportunidad para estudiar o para trabajar en la academia.

Pero, vayamos a la cuestión central. ¿Qué tanto es “tantito”? En el fondo, lo que dicen los citados comentarios de algunas víctimas es algo así como: “sí, hubo inequidad y favoritismo, pero nomás tantito”. Enseguida voy a usar una analogía, dramática pero elocuente, para explicar por qué ese “nomás tantito” es inaceptable, desde un punto de vista psicológico y desde un punto de vista ético.

¿Qué pensaría un padre de familia si supiera que su hijo/hija ha sido víctima de violación o abuso sexual por parte de un sacerdote? ¿Y qué pensaría si su hijo/a, precisamente la víctima de esa violencia, justifica lo sucedido diciendo: “el sacerdote es una persona fundamentalmente buena, pero a veces me toca y me pide que lo toque; o sea, me viola, pero nomás tantito”?

Guardando las distancias, y asumiendo que la imagen puede ser fuerte para algunos lectores/pacientes, la lógica es la misma. ¿No es igualito que cuando una mujer golpeada justificaba ante sus parientes o ante el ministerio público a su marido golpeador?: “no me golpeó, nomás me dio un rozoncito pero fue sin querer porque quería matar un mosquito que yo tenía en mi cara… pero fundamentalmente es un buen marido”?

Indefensión Aprendida

En nuestras instituciones educativas se ha llegado a un nivel de degradación ética y de proliferación del estado de indefensión aprendida, que lo que se cuestiona ya no es si hay o no violación, abuso, fraude, maltrato o violencia, sino si lo sucedido tiene el “grado” suficiente para darle o no importancia: si es poquito, “va y pasa: te robaron pero es en tu beneficio, porque aprendiste cosas”. Y si es mucho, “ni le muevas, no digas nada, no hagas nada, porque te va peor”.

¿El juicio y la condena por un acto de violación sexual depende del grado o el lugar de la penetración? ¿Si es total y con violencia vale, pero si es rozoncito no importa? Habría qué preguntarles a quienes han padecido esa experiencia.

¿Pero acaso es comparable una violación sexual con una violación académica? A mi juicio sí. Lo que les es común es algo esencial para la persona humana: su dignidad. En ambos casos se vulnera la dignidad de una persona, sin duda, pero en el caso de la violación académica hay algo aún más perturbador: las víctimas y los testigos no son menores de edad, ni son personas ignorantes o de baja escolaridad. No son microbuseros ni franeleros. Por el contrario, se trata del sector con el más alto nivel educativo de este país. Muchos, incluso, son estudiantes de posgrado, o son profesores, científicos e investigadores con doctorado. Pero no se sienten ofendidos ni lastimados por esos “rozoncitos” ni por las cínicas vejaciones que ya son parte de la vida cotidiana en nuestras universidades, notablemente las de mayor prestigio, como la UNAM, el Colmex, el Cinvestav, y otras de las que en algún momento hablaremos. Tampoco ven ningún problema en que buena parte de quienes han sido abusados, o quienes han sido testigos, se encuentran en un estado total de parálisis e indefensión aprendida.

Si alguien piensa que exagero, lamento decirle que me quedo corto. En términos estrictamente psicológicos, estamos ante trastornos que exigen atención inmediata. Pero si lo vemos en términos sociohistóricos, las cosas se revelan aún con más nitidez. Veamos.

Hubo un largo periodo en que la violencia, el maltrato, y el abuso sexual no eran vistos como delitos, ni en el ámbito doméstico, ni en el ámbito de las instituciones. La razón es que las víctimas, llenas a la vez de pánico y de vergüenza, callaban e incluso justificaban a sus agresores (¿a quién le gusta andar diciendo que fue violado/a?). Pero un día algunos se atrevieron a hablar… y quienes antes parecían todopoderosos e intocables, hoy son vistos como criminales, incluso algunos ex-jerarcas de la iglesia católica. Hoy día el abuso y el maltrato doméstico ya no son vistos como “normales”. Se ha legislado y se ha procedido penalmente contra individuos e instituciones. Se han creado instituciones e instancias que, si bien tienen fallas, al menos envían el mensaje de que eso ya no es normal en esta sociedad…

coming soon…

¿Cuándo comenzamos con el abuso, el maltrato, la discriminación, el racismo, la antidemocracia y demás lacras que mantienen a nuestras instituciones académicas en la era medieval?

No te desanimes: Escribe tu caso y contribuye a que esta película se estrene pronto en México!!

Dr. TAI